Part of the Las comedias de Aristófanes series
Estrepsiades, un viejo campesino ateniense arruinado por las deudas que su hijo Fidípides ha contraído para mantener sus aficiones a los caballos, solo encuentra una salida: aprender el arte de persuadir para burlar a sus acreedores en los tribunales. Para ello se dirige al pensadero de Sócrates, una escuela suspendida entre el cielo y la tierra donde unos sabios pálidos y descalzos investigan las pulgas, los mosquitos y las revoluciones de la luna. Allí descubrirá que los dioses tradicionales no valen nada y que existen dos discursos enfrentados: el Justo, que defiende las virtudes de antaño, y el Injusto, capaz de convertir la causa más ruin en victoria.
Con su ironía inagotable, Aristófanes levanta en Las Nubes una de sus obras más audaces y complejas: una sátira implacable contra la nueva educación sofista y sus promesas de hacer «justo lo injusto». Pero al elegir como blanco a Sócrates -el más célebre y paradójico de los filósofos-, el poeta no solo desató una polémica que atravesaría los siglos, sino que compuso una comedia donde la reflexión sobre la verdad, la tradición y el poder de la palabra se disfraza de chistes escatológicos y disputas delirantes.
Cuestionada por el público en su estreno pero admirada por los doctos, Las Nubes sigue siendo un espejo incómodo para cualquier época que confunda la inteligencia con la astucia y la libertad con el desprecio de todo vínculo.
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Hartos de pleitos, delaciones y demagogos, dos atenienses, Evélpides y Pistetero, deciden tomar al pie de la letra la expresión «irse a los cuervos» y emprender un viaje en busca de un lugar donde vivir en paz. Con la ayuda de un grajo y una corneja que les han vendido como guías, llegan hasta la morada de la Abubilla -antiguo rey Tereo transformado en pájaro- y allí conciben la más audaz de las ideas: fundar una ciudad en el aire, entre las nubes, y devolver a las aves el cetro del mundo que una vez poseyeron.
Así nace Nefelococigia, la Ciudad de las Nubes, donde las aves construyen murallas ciclópeas, declaran la guerra a los dioses del Olimpo y empiezan a recibir la visita de toda clase de oportunistas: poetas en busca de mantos, adivinos hambrientos, geómetras locos, vendedores de decretos, parricidas arrepentidos y delatores de oficio. Mientras en la tierra los hombres se vuelven ornitómanos y en el cielo los dioses ayunan, Pistetero se convierte en el árbitro del universo y reclama la mano de la propia Soberanía.
Estrenada en el 415 a. C., Las Aves es la comedia más alegre y fantasiosa de Aristófanes, un vuelo de imaginación sin límites donde la sátira política y la crítica social se disfrazan de plumajes, cantos y aleteos. Una obra única que, entre himnos a la naturaleza y burlas a los dioses, nos recuerda que a veces el único modo de cambiar el mundo es levantando los pies del suelo.
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Treinta años de guerra han arrasado el campo, arruinado a los campesinos y sumido a Grecia en el hambre y la sinrazón. Harto de tanta destrucción, el viñatero Trigeo -un héroe tan modesto como obstinado- decide emprender la más insólita de las empresas: volar al Olimpo montado en un gigantesco escarabajo pelotero para reclamar a los dioses que devuelvan la Paz, a quien han tenido secuestrada en una cueva.
Con su ingenio punzante y una actualidad que desafía al tiempo, Aristófanes construye en La Paz una comedia alegre y militante contra la sinrazón de la guerra. Entre caídas estrepitosas, coros campesinos y negociaciones con los dioses, la obra se convierte en un himno a la esperanza terrenal: la paz no es un regalo divino, sino un bien que el pueblo ha de conquistar con sus propias manos.
Celebrada desde la Antigüedad como una de las grandes sátiras antibelicistas, esta pieza combina la risa más burda con la reflexión más lúcida para recordarnos que, incluso cuando todo parece perdido, siempre hay quien se atreve a subirse a un escarabajo y volar en busca de un mundo mejor.
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Filocleón, un anciano ateniense, ha contraído una extraña enfermedad: sufre una pasión desmedida por los tribunales de justicia. No hay fiesta ni banquete que le interese, solo sentarse en el banco de los jueces, empuñar la piedrecilla del voto y condenar sin piedad a todo acusado que se le ponga por delante. Su hijo Bdelicleón, harto de verlo encerrado en casa por propia seguridad, decide curarle con un tratamiento radical: convertirá la casa en un tribunal privado. La primera causa será un perro acusado de haber robado un queso siciliano, y el juicio promete ser tan absurdo como los que se celebran en la ciudad.
Con su látigo cómico siempre en alto, Aristófanes se enfrenta en Las Avispas a uno de los vicios más arraigados de la democracia ateniense: la corrupción judicial, la demagogia de los oradores y la manía de litigar que había convertido a los ancianos en un enjambre de jueces iracundos, vestidos de avispas, armados de aguijones y dispuestos a picar a cualquiera que se cruce en su camino.
Entre procesos disparatados, sueños proféticos, fugas por la chimenea y una batalla campal entre padres e hijos, la comedia despliega un retrato feroz e hilarante de la justicia popular cuando es manipulada por intereses ajenos. Una obra que, veinticuatro siglos después, nos recuerda que la pasión por juzgar sin saber puede terminar convirtiendo a los jueces en verdugos… o en víctimas de sus propias artimañas.
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Atenas lleva años sumida en una guerra absurda. Los hombres se matan en los campos de batalla mientras las mujeres envejecen solas en casa, criando a sus hijos y esperando en vano el regreso de sus maridos. Harta de tanto sufrimiento, Lisístrata, una ciudadana de espíritu indomable, convoca a las mujeres de Grecia para llevar a cabo el plan más audaz jamás imaginado: todas las esposas, desde Atenas hasta Esparta, se comprometerán mediante un juramento solemne a negarse al amor hasta que los hombres depongan las armas y firmen la paz.
Con una mezcla explosiva de humor descarado y valentía política, Aristófanes levanta en Lisístrata una comedia que no ha perdido un ápice de su poder provocador. Entre batallas de agua entre viejos y mujeres, asaltos a la ciudadela, y una huelga sexual que pone a los hombres al borde de la desesperación, la obra desgrana un alegato pacifista tan irreverente como profundo: si quienes gobiernan no saben poner fin a la guerra, serán las mujeres quienes tomen las riendas.
Estrenada hacia el 412 a. C., en los años más sombríos de la guerra del Peloponeso, Lisístrata sigue siendo uno de los textos más célebres y representados de la Antigüedad. Una comedia donde la obscenidad se convierte en arma política, y donde la risa -esa risa que nace del deseo y la astucia- se revela como el instrumento más poderoso para derribar los muros que los hombres levantan entre sí.
Los Acarnienses
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Atenas lleva seis años de guerra contra Esparta y nadie parece capaz de detener la matanza. Mientras los demagogos azuzan el conflicto desde la tribuna y los campesinos ven sus campos arrasados, un hombre común, Diceópolis, harto de promesas vacías, decide hacer lo impensable: firmar una tregua privada con el enemigo. Para él solo. Y así, mientras sus vecinos los acarnienses -carbón encendido en ansias de venganza- exigen su cabeza, él se atreve a abrir un mercado donde espartanos, megarenses y beocios comercian en paz bajo la atenta mirada del escándalo.
Con la ferocidad cómica que lo caracteriza, Aristófanes estrena en Los acarnienses su primera gran obra conservada: un alegato pacifista disfrazado de sátira despiadada, donde nadie se salva de la risa. Ni los generales, ni los poetas, ni el pueblo que aplaude con entusiasmo la guerra cuyas consecuencias no sufre en carne propia.
Mezcla de denuncia política, fiesta dionisíaca y elogio del sentido común, esta comedia fundacional enfrenta a la retórica bélica con la tozuda realidad de quien solo quiere cultivar su tierra, comer en paz y, sobre todo, sobrevivir para contarlo.
Las Asambleístas
Con notas
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En la Atenas clásica, donde los hombres deciden el rumbo de la ciudad, las mujeres hartas de ver el desgobierno y la corrupción deciden tomar el poder. Lideradas por la astuta Praxágora, se disfrazan con barbas y mantos para infiltrarse en la Asamblea y hacer aprobar una nueva constitución revolucionaria: la propiedad será común, también lo serán las relaciones amorosas, y el Estado velará por todos y todas por igual.
Con su ingenio corrosivo y una lucidez que atraviesa los siglos, Aristófanes despliega en La asamblea de las mujeres una comedia feroz sobre el poder, el género y la utopía. Entre equívocos, disfraces y disputas callejeras, la obra plantea con humor radical una pregunta inquietante: ¿qué pasaría si quienes han sido excluidas de la política fueran, precisamente, quienes mejor saben gobernar?
Obra maestra de la última etapa del autor, esta pieza combina la crítica feroz de las instituciones atenienses con escenas de una comicidad trepidante, ofreciendo un retrato inmortal de la astucia femenina y un espejo donde se reflejan, aún hoy, las contradicciones de todo proyecto de cambio social.
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En la Atenas de la guerra del Peloponeso, mientras el pueblo se deja engañar por demagogos sin escrúpulos, dos esclavos del viejo Demo -personificación del Pueblo ateniense- traman una desesperada conspiración. Su odiado compañero, un curtidor paflagonio insolente y corrupto, ha logrado adueñarse del anciano a base de adulaciones, regalos y mentiras. Pero un oráculo revela que solo un hombre podrá derrocarlo: el más canalla, desvergonzado y ruin de todos. Dicho y hecho: un humilde vendedor de chorizos, criado entre tripas y mentiras en el mercado, será el inesperado salvador de la república.
Con una virulencia sin par en la historia del teatro, Aristófanes descarga en Los Caballeros toda su furia contra Cleón, el poderoso demagogo que dominaba la escena política ateniense. Sátira feroz, alegato contra la corrupción y radiografía implacable de la democracia manipulada, la comedia enfrenta al cinismo del poder con la astucia popular en una lucha sin cuartel a base de insultos, sobornos y oráculos disparatados.
Premiada en las fiestas Leneas del 424 a. C., Los Caballeros es una de las obras más combativas de Aristófanes: un retrato inmisericorde de la demagogia que, veinticinco siglos después, mantiene toda su vigencia.
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Cremilo, un honrado labrador ateniense, harto de ver cómo los bribones y los intrigantes prosperan mientras los hombres de bien viven en la miseria, decide consultar al oráculo de Apolo. La respuesta del dios es desconcertante: debe seguir al primer hombre que encuentre al salir del templo. Para su sorpresa, ese hombre resulta ser nada menos que Pluto, el dios de la riqueza… pero ciego, harapiento y miserable.
Decidido a cambiar el orden injusto del mundo, Cremilo emprende una empresa tan audaz como disparatada: devolver la vista al dios del oro para que aprenda a distinguir a los merecedores de sus favores. Pero en su camino se interpondrá la Pobreza en persona, que defenderá con apasionados argumentos su papel indispensable en la vida de los mortales.
Con un estilo más comedido y una sátira menos feroz que en sus obras anteriores, Aristófanes nos ofrece en Pluto una ingeniosa alegoría sobre la justicia, el trabajo y la verdadera naturaleza de la riqueza. Entre debates filosóficos, delirantes escenas de curación milagrosa y la irrupción de personajes tan diversos como un delator arruinado, una vieja desdeñada o el propio Mercurio mendigando un plato de comida, esta comedia tardía se erige como una reflexión tan aguda como vigente: ¿es el dinero la fuente de la felicidad, o acaso la pobreza es el verdadero motor del ingenio y la virtud?
Las Tesmoforiantes
Con notas
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Eurípides, el gran poeta trágico, tiene un problema: las mujeres atenienses, hartas de los ultrajes que les ha dedicado en sus obras, han decidido castigarle con la muerte durante las Tesmoforias, las fiestas exclusivamente femeninas en honor de Ceres y Proserpina. Para salvarse, el ingenioso autor urde un plan tan audaz como disparatado: introducir a un hombre disfrazado de mujer en la asamblea para que defienda su causa.
Así comienza una de las comedias más trepidantes de Aristófanes, donde la sátira literaria se cruza con la guerra de sexos, el disfraz se multiplica en enredos y las parodias de los versos de Eurípides se suceden sin respiro. Entre pelucas, barbas postizas y ardides cada vez más delirantes, Las Tesmoforiantes ofrece un retrato implacable del conflicto entre el arte y su público, al tiempo que plantea con humor corrosivo una pregunta eterna: ¿quién tiene derecho a hablar mal de quién?
Con su habitual ingenio y una estructura de comedia de enredo que anticipa la tradición moderna, Aristófanes despliega aquí una de sus obras más vivas y escénicas, donde la risa se convierte en el arma más poderosa para dirimir viejas rencillas entre poetas, mujeres y la propia ciudad.
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Cansado de la mediocridad que impera en la escena ateniense, el dios Baco, patrón del teatro, decide emprender un viaje temerario: descender a los infiernos para rescatar a Eurípides, el más astuto de los poetas trágicos. Pero lo que encuentra en el reino de Plutón es una batalla campal: Esquilo y Eurípides se disputan a gritos el trono de la tragedia, mientras Sófocles aguarda en silencio su turno.
Con su ingenio desbordante, Aristófanes convierte Las ranas en una comedia que es a la vez un viaje al más allá, una sátira política feroz y un tratado de crítica literaria tan hilarante como certero. Entre el croar de las ranas de la laguna Estigia, los sustos de un Baco cobarde y las réplicas afiladas de dos gigantes de las letras, esta obra maestra plantea preguntas que aún resuenan: ¿qué debe enseñar el arte? ¿Qué tipo de poeta merece ocupar un lugar de honor en la memoria de una ciudad?
Premiada con el honor excepcional de una segunda representación en su época, Las ranas sigue siendo una de las cumbres del teatro griego: una celebración de la palabra, un ajuste de cuentas entre generaciones y una defensa apasionada del poder transformador de la poesía.
Todas las comedias
Con notas
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La comedia antigua en su esplendor: once obras que retratan sin pudor la Atenas democrática, sus vicios, sus grandezas y sus contradicciones.
Maestro indiscutible de la sátira política y literaria, Aristófanes (445-385 a. C.) elevó la comedia ática a una altura jamás igualada. Sus obras, concebidas para los concursos dramáticos de las fiestas dionisíacas, aunaban la tradición licenciosa del cómos campestre con una libertad verbal e imaginativa sin precedentes. En ellas, el poeta se erige en juez implacable de demagogos, sofistas, poetas trágicos y ciudadanos corruptos, sin excluir a los propios dioses.
La presente edición reúne, en versión directa del griego y con el cuidado filológico que exige un texto tan complejo, las once comedias conservadas: desde Los Acarnienses y Los Caballeros, donde arremete contra el poderoso Cleón, hasta Las Ranas, fascinante descenso a los infiernos literarios, pasando por obras maestras de la fantasía política como Las Aves o la inigualable crítica filosófica de Las Nubes. Completan el volumen la Lisístrata, audaz alegato pacifista; Las Avispas, contra el sistema judicial; La Paz, Las Tesmoforiantes, Las Asambleístas y el Pluto, última muestra del arte del poeta.
Un extenso estudio preliminar sitúa al lector en el origen ritual de la comedia, la estructura de la parábasis, el uso de la invectiva personal y el complejo contexto histórico de la guerra del Peloponeso. Asimismo, las notas a pie de página aclaran las innumerables alusiones mitológicas, políticas y literarias que jalonan estos textos, permitiendo apreciar la extraordinaria riqueza de un autor que supo combinar, como ningún otro, lo más bajo y lo más alto, la grosería escatológica con la más pura poesía.
«El alma de Aristófanes -escribió Platón- es un santuario de las Gracias.» En efecto, su teatro es mucho más que un repertorio de obras maestras: constituye el espejo más fiel y descarnado de la Atenas clásica, un testimonio único de su libertad, su ingenio y sus contradicciones.