Tras un atentado que marcó su vida y un primer mandato dominado por la lucha contra la droga, la presidenta decide afrontar la deuda moral que siempre la ha perseguido: la defensa real y efectiva de los derechos humanos. En su segundo mandato emprende una cruzada política tan ambiciosa como polémica: la creación del Departamento Federal de Derechos Humanos, una institución concebida para actuar con independencia, rigor y alcance internacional frente a abusos, violaciones y crisis humanitarias. Su iniciativa provoca un terremoto político y social. La oposición la acusa de ingenua, las redes sociales la ridiculizan y buena parte de la ciudadanía, abotargada por la rutina y el consumismo, se muestra indiferente ante tragedias que ocurren lejos de sus calles. Mientras los grandes conflictos globales -desde Ucrania hasta Nigeria o Gaza- se diluyen en la distancia emocional, ella se mantiene fiel a sus convicciones, convencida de que la dignidad humana no es una utopía, sino una obligación moral. En su último año de mandato, el llamado "año del pato cojo", prepara su retirada con la serenidad de quien ha actuado siempre según su leal saber y entender. Sin haber mentido, prevaricado ni buscado beneficio personal, se despide con la conciencia tranquila, consciente de que su proyecto quizá fue una quimera, pero también una batalla necesaria. Esta es la historia de una mujer que eligió la honestidad frente al cálculo político, la justicia frente a la indiferencia y la dignidad frente al miedo. Una presidenta que, incluso cuando todo parecía perdido, decidió no renunciar a sus principios.