In(quieta) abre un paréntesis en la vida y decide habitarlo. Mitad guardada, mitad dada, esta voz se enreda en el cordón del tiempo, entre el antes y el después; a veces concreta, otras es plegaria en el deseo de trascender para no quedar como souvenir de viaje. Sus poemas libran la batalla entre ser mimética y original-original o sujeta-, entre propiedades singulares y negarse a ser muñeca. En ese vaivén entre quedarse o brotar, surge la pregunta por la concreción: ¿en qué plano?, ¿dónde está el cuerpo verdaderamente desplumado mientras avanza entre calcomanías? Aquí el lenguaje se aquieta o se rebela, hace eco o se desarma en anagramas; tantea bordes, se deshoja para encontrar un pulso propio. In(quieta) es también el deseo de que el comienzo no termine, aunque sabe que todo muere y renace. Y ella también.