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El 3 de abril de 2016, un consorcio internacional de periodistas desveló lo que se conocería como los Papeles de Panamá: más de 11,5 millones de documentos filtrados del despacho Mossack Fonseca que revelaban cómo presidentes, deportistas de élite, empresarios y celebridades habían utilizado sociedades offshore para ocultar fortunas. Lo más significativo, sin embargo, no fue el escándalo en sí mismo, sino el hecho de que los principales bancos del mundo actuaban como arquitectos y facilitadores de estas estructuras. HSBC, Credit Suisse, UBS y decenas de entidades financieras de máximo prestigio aparecían sistemáticamente como intermediarios necesarios en la creación de empresas pantalla en Panamá, las Islas Vírgenes Británicas o las Seychelles. La pregunta que resonó entonces, y que sigue sin respuesta satisfactoria, es inquietante: ¿cómo puede ser que instituciones sujetas a las regulaciones más estrictas del mundo funcionen simultáneamente como puentes hacia la opacidad más absoluta?